Amigos de mi hermana, me dejaron este lugar entre las manos: un jardín patio con losas y con apenas tierra donde plantar. Ella traía consigo imágenes de otras geografías a las que viajaba. Fragmentos de jardines lejanos, de vegetación exuberante, salvaje, sanadora. Quise traducir en plantas esas postales mentales: la sensación de un verano largo, una primavera que no se acaba, un verde que se abre paso sin pedir permiso. Él, fotógrafo de mirada precisa, buscaba orden. Espacios definidos, proporciones claras. Por eso estructuré el jardín con recorridos sobrios, silenciosos: líneas rectas, curvas suaves, zonas donde lo vivo convive con la pausa, pero tratando de que la piedra diese paso a un suelo que respira. Y con él, llegaron las mariposas. Los pájaros. La vegetación empezó a moverse al ritmo de la casa —y de sus vidas—, abiertas siempre al regreso y a la amistad.




