A veces los jardines nacen de un vacío que parecía definitivo. Aquí, lo que había cuando compraron la casa era un césped artificial, un muro perimetral y un deseo: que ese lugar se volviera verdadero. Lo mejor fue la confianza. Los clientes —acogedores, sensibles, artistas— me invitaron a imaginar sin prisa. Ella, que diseña alfombras con la intuición de quien sabe mezclar hilos, me permitió hacer lo mismo con las plantas. Vestir su casa con verdes distintos, como capas de un tejido. Que cada estación trajera su voz, sin que ninguna gritara más que la otra. Como los instrumentos en una pieza de cámara de Schubert: cada uno en su lugar, sin imponerse (Quizás como el Trío Op. 100, que avanza como si respirara.) Los grandes macetones hierro, para aislar las raíces de un sótano, marcaron el ritmo: aportaron estructura, peso, cierta severidad industrial que encajaba con la ciudad. Una escalera sube al limonar. A los pies de un olivo centenario, un rincón discreto para comer, para leer, para vivir sin estridencias.
Aquí nada llama la atención de inmediato. Todo acompaña. Y en eso consiste, a veces, hacer un jardín: en lograr que uno se quede sin saber muy bien por qué.






