Los clientes pidieron un jardín, pero sobre todo respeto para el entorno. En estas tierras extremeñas, el tiempo pasa como pasa el viento: sin hacer ruido. El paisaje ya estaba completo antes de que llegáramos. La misión era no estorbar. Así que se trazaron apenas unos límites. No para imponer, sino para sugerir. Los olivos centenarios, con sus raíces más antiguas que las casas, marcaron las líneas. Se respetó la orografía, se escuchó al terreno como se escucha a un anciano que sabe. Aquí, cada planta tenía sentido. El romero para curar, la jara para proteger, la encina para abrazar sombra. Nada que interrumpiera el ciclo de los pájaros, ni el paso de los corzos, ni el andar secreto de las liebres. No hubo flor que compitiera, ni muro que se impusiera. Solo un susurro vegetal que acompaña sin perturbar. Un jardín que es casi invisible, porque se funde con lo que ya estaba.





