Este jardín no fue diseñado para lucirse. Fue pensado para acompañar. No se hizo para sorprender, ni para obedecer una moda. Fue creciendo como crece lo que se cuida con tiempo: sin alardes, sin testigos, sin pedir permiso. Se hizo lentamente, para dejar hablar al romero, a la salvia, a la santolina, que bordea discretamente los patios. No se ve en las fotos, pero lo que ocurre al atardecer —cuando los mirlos cantan entre las copas altas y el calor empieza a ceder— es otra cosa. Entonces, el olor de la tierra húmeda y las plantas reavivadas por la sombra se convierte en una escena que no necesita palabras. Es el jardín de mi casa familiar, y más que diseñarlo, lo he ido escuchando. En Carmona, la tierra guarda secretos antiguos. Aquí, todo florece como si ya supiera. Las buganvillas despuntan sus flores con un gesto que connota arte, ligereza y brillo. Las bignonias parecen vestidas de faralaes. El aire mueve las palmeras altivas y éstas devuelven destellos metalizados, como un aplauso al sol. Y no lo muestran las fotografías, pero al caer la tarde —cuando el sol comienza a hundirse y los mirlos se alborotan entre las copas—el jardín respira de otra manera. El aire se deja abrazar por la memoria de los jazmines y la dama de noche. La lavanda, la salvia, el romero, extraen en la humedad de la tarde sus fragancias como de un resorte secreto. En ese instante, no hace falta hablar. Solo estar. Como quien ha vuelto a casa, y la encuentra tal y como la recordaba.







