Diseñar un jardín para una interiorista es un diálogo distinto. Ella sabía de proporciones, de silencios visuales, de cómo el entorno pide orden. Pero lo que me guió no fue solo su estética, sino algo más profundo: su vínculo con las plantas estaba tejido de memoria.
Las que recordaban a sus abuelos. Las que crecieron en los patios antiguos de su casa. Las que no se compran, se heredan. Quise entonces construirle un oasis. Un lugar donde las flores ganaran al aire urbano. Donde cada estación se anunciara con gloria: la magnolia abriendo el invierno, las rosas estallando en primavera, los aster tiñendo los últimos días del verano. Donde el jardín no tiene una nacionalidad clara. Tampoco la necesita. El jazmín chino convive con el romero africano. La magnolia japonesa con el hibisco de Siria. Cada planta trae su idioma, pero el resultado es una lengua común: la del asombro, la del consuelo, la de la belleza.




