Hay algo en las rosas clásicas que no se puede explicar. Quizá sea su manera de abrirse despacio, o esa mezcla entre perfume antiguo y promesa nueva. Cuando florecen, el jardín cambia. Y también cambia una: de repente apetece quedarse más rato fuera, mirar la luz, oler su perfume..
Cultivar rosas es un privilegio. Tener un ramo en la mesa, ver cómo la luz de la mañana atraviesa los pétalos, descubrir que cada aroma es un mundo.. Pero para que eso ocurra hay que haber pasado por todo lo demás: las podas, los inviernos largos, los días en que parece que no pasa nada.
Yo a veces pienso que la primavera es una recompensa. Todo ese trabajo invisible -mimar la tierra, regar cuando no llueve, abonar, esperar- de pronto se vuelve belleza. Y las rosas lo saben.
No hay flor que haya inspirado tanto ni que haya viajado tanto. Las que más cultivamos aquí nacieron en China, otras vinieron del Medio Oriente o de Europa. En Oriente la peonía le quitó el trono, pero en Occidente la rosa nunca lo soltó. Es y será la reina.
A mí me gusta pensar que una rosa es como una mujer que ha vivido: un poco desordenada, resistente, con pétalos que parecen decir “he pasado por todo y sigo aquí”. Quizá por eso me gustan tanto. Porque en su fragilidad está toda su fuerza.